martes 17 de noviembre de 2009

ELOGIO DEL DEPREDADOR

Su arte se cierne sigiloso y exhibicionista a la vez. La astucia conduce cada uno de sus cálculos. Principio dinámico por excelencia, la vida misma se eriza en ellos, en incansable ronda. Sus movimientos son una lanza en vuelo. Acampan en el borde mismo del gran salto. El acecho en los ojos del gran felino, el aire que corta el halcón en picada, el agua filosa en los flancos del escualo… La presa es su cómplice, nada los separaría. La presa sonríe y se recuesta en su alarma. Leen en cada fragmento el rastro de un signo maestro: el gozoso porvenir de su asedio. Cada instante es la antesala del golpe asestado. Su genio asoma entre los recovecos del mundo, barriendo con la mirada el terreno recortado por su vigilia. Acerca de ellos se tejen historias, los reales mitos de su audacia. No ocultan su deseo, lo convierten en guía y emisario: eso los hace magníficos. Se montan en la cima de la escala trófica: allí plantan sus estandartes y banquetes. Los más benévolos, ensayan amables pedagogías, predican lo divertido de las partidas de caza, creen en la transmisión de sus poderes. Sin embargo, en esto quizá fallen. Imposible igualarlos: la cacería sólo puede disfrutarse cuando se empuñan, con clarividencia, fauces y garras.

GÓMEZ GÓMEZ

sábado 14 de noviembre de 2009

LA SEGURIDAD DE LAS CÚPULAS

Nada menos confiable que la farándula convertida en paladín de la “seguridad”. Es altamente improbable que la seguridad que invocan personajes como Tinelli, la Giménez y la Legrand tenga ver con la justicia social, la equidad y el pluralismo. El circo de Tinelli, el teléfono de la Su y la mesa de la Chiqui son bastiones para la defensa de las más recalcitrantes miopías burguesas.

Estas figuras y voces se arman de una retórica fascista donde los males sociales hacen metástasis, convirtiéndose en meras piedras arrojadas contra el poder oficial. La seguridad que predican desde sus crispadas pantallas es la del endurecimiento de los códigos penales y la represión, la seguridad de las cúpulas. Y ya conocemos los espectros que alienta el miedo burgués. Traigo aquí a la memoria una reflexión de José Pablo Feimann sobre este miedo:


“Hay una vieja y certera definición del fascista y es la que lo define como un burgués asustado. Este “miedo” que se apodera del burgués en algunas circunstancias históricas es altamente peligroso. Porque un burgués asustado se transforma en fascista para dejar de serlo: no para dejar de ser burgués sino para dejar de estar asustado. El burgués, al transformarse en fascista, pasa a la acción, a la acción directa, a la violencia. Esto le quita el miedo o se lo disminuye considerablemente. También podríamos ampliar la cuestión y decir que un comunista es un proletario furioso. Cuando Marx decide concluir el Manifiesto pidiendo a los proletarios que se unan, les pide que pasen a la acción, que transformen sus cadenas en furia. Así, ese “fantasma” que recorre Europa y que ha construido uno de los comienzos más célebres de la literatura política (“Un fantasma recorre Europa”) es el fantasma de la furia proletaria, que es el comunismo. Ante este “fantasma” reacciona la vieja Europa. La burguesía se asusta de este fantasma y lo combate con la violencia. Los movimientos de contrainsurgencia que derrotaron las revoluciones de las comunas en el siglo XIX estuvieron creados por el miedo a un fantasma. Un fantasma es más que algo real. Es una construcción ficcional. Es, si se quiere, un relato. El fantasma del comunismo era la amenaza que la burguesía visualizaba por todas partes, con la ubicuidad, con la evanescencia de los fantasmas. Que están en todas partes y en ninguna. Porque el burgués asustado se hace fascista para ver enemigos en todas partes. Todos, menos él, son presencias fantasmáticas, construcciones de su terror, enemigos infinitos e inasibles. De aquí que la violencia no pueda ser selectiva. El miedo no es selectivo. El miedo tiene que eliminar todo lo que no sea él. Por eso los fascistas dicen siempre: “Ellos o nosotros”. En suma, vamos a eliminar todo aquello que sea diferente, toda diferencia es un fantasma, toda diferencia es un enemigo. (...) Una sociedad asustada cambia su libertad por su seguridad. Hay aquí una relación de hierro. Una sociedad aumenta sus parámetros de seguridad cuando un aparato represivo poderoso se adueña de ella. Esa seguridad tiene un costo: la restricción de las libertades individuales. Ese costo, al burgués asustado, no le importa. Es el costo del fascismo. No me importa tener menos libertades, quiero vivir más seguro. Tengo miedo y vivir seguro me lo quitará”.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-675-2003-03-30.html

lunes 28 de septiembre de 2009

INIMITABLE

Malinowsky se fue a las islas Trobriand, Levi-Strauss al Amazonas, Margaret Mead a Samoa, los antropólogos de los mundos contemporáneos van a las villas, yo me fui a la cancha. Una dosis de etnografía ideal para contrarrestar la melancolía de un domingo gris y ventoso. No encontré ni al bárbaro temible, ni al buen salvaje ni al indígena urbano. Sí hubo un viaje: el descenso a una napa de gregarismo erizado en torno a una contienda deportiva. En la tribuna, dos de los comportamientos básicos de la horda: adhesión y repulsa, traducidos a una copioso redoble verbal. Vocabulario y fraseología de la repulsa: "puto", "chupa-pingo", "culiao, hijo de puta", "culo-roto"... y la lista continua, algo previsible pero llamativo por su condición de cascada constante. Sobresale en el ardor de este flujo, dentro de un cántico, una invitación escasamente amable: "¡...andate a Bolivia y hacete culiar!". Por su parte, el no menos profuso repertorio de la adhesión deparaba alguna selección léxica de inesperado acicalamiento: "inimitable", se dice de la barra de Atlético en uno de los himnos de la nación decana. Sí, porque de un partido entre Atlético Tucumán y Lanús se trataba. Me olvidé de decirlo quizá porque lo que ocurría a mi alrededor en las gradas me resultaba más interesante que los acontecimientos del campo de juego. Y a propósito de aquel entorno mío, particular fascinación me producía el modo en que un hincha junto a mí repetía una y otra vez, incansablemente, con diferentes tonos pero sin pausa alguna, como si fuera un mantra, el himno decano. Cosas del éxtasis futbolero. En el segundo tiempo Atlético hizo dos goles, sin embargo Lanús no tardaría en igualarlo. Pero de eso que hablen los que saben. Yo me quedo con la confirmación de que el fútbol, la cancha y sus rituales son —como otras zonas del engranaje de la vida— mis tristes trópicos.

VOLVER

Desde hace un tiempo, constantemente me repetía a mí mismo: "tengo que volver a mi blog". Como suele ocurrirme, esto no iba más allá del martilleo de las intenciones. Quizá mi verdadero "habitus" sea sustraerme de la acción. Como sea, estoy de vuelta. Sigo creyendo en la palabra como instrumento de búsqueda. En el mejor de los casos las palabras entretejen una conversación y, afortunadamente, no son pocas las conversaciones que me han alcanzado alguna claridad. Pues sí: de vuelta.

domingo 21 de diciembre de 2008

EL ORDEN NATURAL

En estos últimos meses del año se ha producido en el espacio urbano local un brote de impresos, adheridos a diversos soportes en la vía pública, difusores de un renovado fervor nacionalista. Ojalá pudiéramos creer que se trata solo de los síntomas de alguna insolación. Estos pronunciamientos se crispan también en sitios web donde los cultores de esta fe se explayan sobre sus apologías y rechazos. Entre otras manifestaciones de este tipo, la agrupación nacionalista tucumana La Barbarie (nunca un nombre tan bien elegido) expone en su página web que lucha contra “la alteración del orden natural: homosexualidad, bisexualidad, travestismo”. Como suele ocurrir, más que la existencia o inexistencia de un “orden natural”, lo interesante está en los usos de ese concepto y en quiénes se lo apropian para sentenciar un “desorden”.
Por lo visto, hace falta recordar que acerca de lo humano el único orden natural sostenible es el del libre albedrío. Desde esta condición la humanidad ha forjado diversos sistemas de normas y leyes que regulan la vida social. Pero si se entiende por “orden natural” las determinaciones biológicas, el destino individual y colectivo de los seres humanos no se recorta sobre esos patrones. Claro que en este caso, las alteraciones del “orden natural” están claramente especificadas: aquellas que afectan a la sexualidad, unos de los campos preferidos a la hora de vigilar y castigar. Escandalizan las orientaciones sexuales alternativas, pero no ocurre lo mismo con realidades como la falta de equidad social, será quizá porque desde estas bienpensantes miradas la pobreza y la exclusión son parte del “orden natural”.
Una de las herramientas predilectas de los sectores hegemónicos es la postulación y prédica de un “orden natural”, dispositivo de control y recurso de auto-legitimación. Una vez aceptado ese "orden natural", tenderemos a rechazar toda conducta discordante como "desviada" y la condenaremos por escandalosa, perjudicial o aberrante. ¿Era “natural” el orden monárquico? Bueno, hoy en día nadie —ni los más fervientes defensores de las coronas— se atrevería a afirmar esto. Sin embargo, durante mucho tiempo, el apoyo de los infaltables y siempre funcionales dogmas religiosos, se afirmó que el "orden natural" de la sociedad era la monarquía de derecho divino. En consecuencia, ser partidario de otro sistema, como el republicano, constituía un delito casi blasfematorio. Delito creado, claro está, por la ley de los monarcas, que no tenía nada de "orden natural" porque para la naturaleza no hay delitos. En todo caso, para la naturaleza hay ciertos “errores” de adaptación o de severo desajuste con el equilibrio ecológico que se pagan con la extinción.

Como ya señalamos, la sexualidad suele ser uno de los territorios más celosamente custodiado por estos observatorios del “orden natural”. Por supuesto, cualquier comportamiento sexual que se aparte de la hegemonía heterosexual procreativa será un atentado contra ese orden. Esto se aplica con especial rigor a institucionalizaciones como el matrimonio católico, monogámico e indisoluble. Si este es el "orden natural", entonces una inmensa porción de la humanidad organizada según otros modelos familiares vive en contra de la naturaleza.Sin embargo, la prédica acérrima del orden natural en términos de este modelo de sexualidad (y sexualidad modelo) no es exclusividad de fundamentalismos como el de la derecha nacionalista, La exaltación del esquema heterosexual procreativo monogámico es recurrente en activismos y regímenes revolucionarios socialistas, base para el trazado de un arco que va desde la discriminación hasta la sistemática persecución homofóbica, como es el caso de la Cuba revolucionaria.
El “orden natural” no existe sino como creencia; no es un trazado inapelable de la naturaleza, sino un dictado ideológico. El ser humano, si bien condicionado por su naturaleza, no es un ser natural sino histórico y, como tal, diverso y en permanente cambio. Cualquier arremetida contra esa diversidad es, precisamente, lisa y feroz barbarie.
GÓMEZ

lunes 1 de diciembre de 2008

ENERO 07

para el rubio

El verano era una película de terror. Había monstruos en la soleada y vacía inmensidad de esos días. Monstruos detrás del éxodo total, en los rincones de las noches insomnes, entre los papeles que se apilaban ignorados… Los monstruos arrasaban con mi ciudad de cartón. Las reinas del grito hacían lo suyo y faltaban héroes. No había plan alguno. Los custodios de la razón y de la fe nada tenían que hacer con esa catástrofe de bajo presupuesto. Pesadilla de tiempo completo. El asesino volvía a la escena del crimen y se quedaba a vivir en ella. Escribía una y otra vez el nombre de su víctima en las paredes. Era su propio nombre. Era mi nombre. No había tormenta ni relámpagos. Los espejos no estaban cubiertos. Sólo ese nombre mío y sus rostros. Los vecinos no importaban. Cada uno en lo suyo, regando alegremente el jardín o la vereda. Mamá enferma, como de costumbre; bien, gracias. Las mascotas con sus gracias sin demasiada gracia. Pero no había manos enguantadas en cuero negro con puñales indiscretos, ni una cortina de baño arrancada por el peso de la muerte, ni un remolino de sangre yéndose con el agua por el sumidero. Las remakes son inútiles, molestas, inevitables. Las noches de luna llena eran solo noches sin amor. Los muertos en sus tumbas, ningún problema con ellos. Las horas eran las que metían miedo. Ir saltando de una a otra como sobre piedras resbalosas. Ir y venir, de una mansión embrujada a otra. El demonio es un anfitrión muy hospitalario, insiste siempre en hacerte quedar. Los demás eran incrédulos. Yo a veces rezaba. La calificación podría haber sido “apta para todo público”, “sin escenas de violencia”, “sin sexo”, “aburrida”. Final abierto. Un misterio. Fatalmente habría secuelas. Yo lo sabía, pero ayudaba saber también de otras películas de verano, menos obvias, menos dramáticas. Vos me hablabas de ellas cuando algún mensaje tuyo me contaba que no habías podido soportar la vida en la playa sin Los Ramones y tuviste que comprarte de emergencia un disco trucho. En esos momentos, los monstruos de mi película dejaban por un rato de romperme las pelotas. Así es que sigo vivo.

GÓMEZ

viernes 28 de noviembre de 2008

EL GRAFFITI TAN TEMIDO

En la edición de octubre de la revista de una compañía de televisión por cable local, un reputadísimo historiador de esta comarca la emprende contra el graffiti. Este esclarecido gesto tiene el valor de recordarnos —si falta hiciera— quién es quien entre los más notorios saurios del jurásico provinciano. Distraído por un rato de su interés por la genealogía de las linajudas familias tucumanas, este profesional de la historiografía se da tiempo para sentenciar que el graffiti “constituye un acto antisocial: un delito liso y llano”.
¡Horror de horrores!, la prueba está en el daño a “edificios del Estado y de los particulares”, quienes son obligados a “gastar dinero para volver las cosas al estado anterior”. En la consecuencia extrema del acto delictivo, “hay casos en que perjudica para siempre el soporte que eligió, porque borrar la pintura es imposible o muy difícil en ciertos tipos de revoques”. Conmueve la comprometida sensibilidad del intelectual por realidades tan desamparadas como las de “ciertos tipos de revoques”, por no hablar de su solidaridad por los propietarios… bah, por la propiedad, digamos.
Nada nuevo. Debido a su condición intrusiva de práctica estética que toma por asalto el espacio público, es un lugar común caracterizar al graffiti como una forma de vandalismo. La iracunda voz institucional poniendo el grito en el cielo (un cielo también institucional, claro) es el lógico resultado de cualquier acción que resista o transgreda el orden y la regulación. Sin embargo, podría llamar la atención el énfasis de esta voz en particular si se tiene en cuenta que es la de un historiador.
Desde sus orígenes en la antigua Roma, en Pompeya y Herculano, los graffiti han documentado la heteroglosia popular, el hormigueo del deseo, el susurro y el grano de lenguajes en pugna, fogonazos que alumbran las pasiones de la vida cotidiana. Por todo esto, estas imágenes y escrituras son fuente altamente estimable de materiales no sólo para la historia de la cotidianidad, sino para interpretar el clima social y cultural, el Zeitgeist, de una época.
Nada de esto debería serle ajeno a un historiador. Pero tampoco cabe aquí sorpresa alguna: estamos ante una voz a la que el grano de estos lenguajes le escuece. Nada en ellos remite a alguna noble galería de damas y caballeros patricios.
Y llevado por su ímpetu, el ilustre académico no se detiene en su anatema del graffiti. No duda y va más allá, hasta denunciar la confabulación de “sociólogos y especialistas de la conducta humana en general” que, conjurados en pos de la legitimación de estas “pintadas en las paredes”, les dedicaron “desde sesudos y comprensivos artículos hasta libros y tesis doctorales”. ¡Habrase visto tamaña malversación de la razón!
Una vez puestos en evidencia los vándalos y sus cómplices disciplinarios, descarta no muy convencido la estrategia de apostar un “vigilante que haga guardia, listo para evitar las expansiones de ese joven que guarda un aerosol en su mochila”. Abrazado al sueño de evitar las expansiones de algún joven, concluye asignándole a la escuela la tarea de enseñar que “pintar paredes ajenas” no constituye ni arte ni broma juvenil, sino “un acto de vandalismo que causa injusto daño a terceros y que afea tristemente la ciudad que habitamos". En contraste con estas convicciones, el fundamentalismo del revoque parece la vía más directa a una ciudad fea y triste. La escuela, por su parte, debería ella aprender de un muy citado graffiti del mayo del ’68 francés: “la imaginación al poder”.

GÓMEZ

martes 25 de noviembre de 2008

RAYMUNDO - En Sensemayá, Cine Punzante

Raymundo
(Argentina, 2001)
Dir: Ernesto Ardito y Virna Molina


Raymundo Gleyzer es uno de los referentes del cine político militante argentino de los ’60 y ‘70. Los realizadores de esta cinematografía no veían en el film una forma de espectáculo o de entretenimiento, sino un instrumento para la acción. Un cine cuya búsqueda no era puramente estética, sino fundamentalmente política, llevado por la fe en su capacidad no sólo de reflejar y testimoniar, sino de producir cambios que construyeran el tejido histórico. Gleyzer fue autor de muchos filmes etnográficos, sociológicos, políticos, informativos y de denuncia, incluyendo un ficcional, Los traidores, que desnuda la corrupción sindical. Con su cámara se redescubrieron las realidades sumergidas y así ocuparon las pantallas los rostros y voces de sujetos sociales crónicamente excluidos e ignorados. La obra de Gleyzer sobresale en el marco de un cine que habla de un continente sufriente, donde la Revolución Cubana marcaba los pasos a seguir: un cine de lucha pòpular. Ernesto Ardito y Virna Molina, son los autores de este largometraje que además de narrar la vida de Gleyzer, permite conocer el cine revolucionario latinoamericano y las luchas de liberación de los 60’ y 70’.

Ciclo Sensemayá. Cine Punzante.
Miércoles 19 de noviembre, 21 hs.
Café del Círculo de la Prensa,
Mendoza 240,
San Miguel de Tucumán, Argentina.
Entrada libre y gratuita.

domingo 16 de noviembre de 2008

LOS ESPIGADORES Y LA ESPIGADORA - En Sensemayá, Cine Punzante

Los espigadores y la espigadora
(Les glaneurs et la glaneuse)
Francia, 2002 / Documental, 82 m. / Dirección Agnès Varda


Quizás un documental, quizás una road movie, un cuestionamiento sobre la sociedad del desperdicio consumista, una indagación sobre el paso del tiempo, la identidad y el sentido de una vida inseparable del sentido del cine. El personaje principal (la mismísima directora del film, Agnés Varda) se busca a si misma a la vez que intenta comprender el entorno social en el que vive. Varda narra y se narra, reflexionando sobre su vejez, mostrando el interior de su morada y su propia interioridad desnudada. Los espigadores son esos individuos que viven de las sobras de quienes tienen más de lo que pueden asimilar o necesitan. Algunos, por necesidad o voluntad propia, recogen la comida tirada en el suelo después de un día de mercado, o decoran su hogar con lo que para otros son trastos inútiles. La directora se reconoce también como una espigadora, porque entiende su oficio de cineasta como la recolección de fragmentos de la realidad que pueden pasar desapercibidos o ser dejados de lado, ocultos bajo los afanes cotidianos. Realismo poético y hasta surrealismo, lirismo y documento social, revolucionaria sin ser panfletaria, propuesta única que desborda cualquier clasificación.

Ciclo Sensemayá. Cine Punzante.
Miércoles 19 de noviembre, 21 hs.
Café del Círculo de la Prensa,
Mendoza 240,
San Miguel de Tucumán, Argentina.
Entrada libre y gratuita.

lunes 10 de noviembre de 2008

THE WEATHER UNDERGROUND - En Sensemayá Cine Punzante

The Weather Underground
EE.UU. (2003) / Director: Sam Green, Bill Siegel / 92 mins.

1969, Estados Unidos, la Guerra de Vietnam desangra, la tensiones raciales brotan por todas partes, también los hippies y los manifestantes juveniles. Ese año, en la reunión del SDS (Students for a Democratic Society) uno de los mayores agrupaciones de protesta estudiantil universitaria, hace su aparición un pequeño grupo de activistas que llaman a la acción verdadera, convencidos de que el modo Ghandi de resistencia no-violenta había resultado estéril. Se llaman a sí mismos “The Weathermen”, inspirados por la letra de una canción de Bob Dylan ("Subterranean Homesick Blues"), y propugnan la violencia como la vía necesaria para obtener un cambio social positivo. Su método es la colocación de bombas en edificios, con blancos específicos como entidades gubernamentales, militares e industriales. Quieren “llevar la guerra a casa”; idealistas apasionados creen que la revolución en los Estados Unidos es inminente y que el caos ayudará a precipitarla. Su activismo, persecución y supervivencia son narrados por los realizadores Sam Green y Bill Siegel en este multipremiado documental, que testimonia un ímpetu cuyo ardor aún no se apaga.

Ciclo Sensemayá. Cine Punzante.
Miércoles 12 de noviembre, 21 hs.
Café del Círculo de la Prensa,
Mendoza 240,

San Miguel de Tucumán, Argentina.
Entrada libre y gratuita.