Nada menos confiable que la farándula convertida en paladín de la “seguridad”. Es altamente improbable que la seguridad que invocan personajes como Tinelli, la Giménez y la Legrand tenga ver con la justicia social, la equidad y el pluralismo. El circo de Tinelli, el teléfono de la Su y la mesa de la Chiqui son bastiones para la defensa de las más recalcitrantes miopías burguesas.
Estas figuras y voces se arman de una retórica fascista donde los males sociales hacen metástasis, convirtiéndose en meras piedras arrojadas contra el poder oficial. La seguridad que predican desde sus crispadas pantallas es la del endurecimiento de los códigos penales y la represión, la seguridad de las cúpulas. Y ya conocemos los espectros que alienta el miedo burgués. Traigo aquí a la memoria una reflexión de José Pablo Feimann sobre este miedo:
“Hay una vieja y certera definición del fascista y es la que lo define como un burgués asustado. Este “miedo” que se apodera del burgués en algunas circunstancias históricas es altamente peligroso. Porque un burgués asustado se transforma en fascista para dejar de serlo: no para dejar de ser burgués sino para dejar de estar asustado. El burgués, al transformarse en fascista, pasa a la acción, a la acción directa, a la violencia. Esto le quita el miedo o se lo disminuye considerablemente. También podríamos ampliar la cuestión y decir que un comunista es un proletario furioso. Cuando Marx decide concluir el Manifiesto pidiendo a los proletarios que se unan, les pide que pasen a la acción, que transformen sus cadenas en furia. Así, ese “fantasma” que recorre Europa y que ha construido uno de los comienzos más célebres de la literatura política (“Un fantasma recorre Europa”) es el fantasma de la furia proletaria, que es el comunismo. Ante este “fantasma” reacciona la vieja Europa. La burguesía se asusta de este fantasma y lo combate con la violencia. Los movimientos de contrainsurgencia que derrotaron las revoluciones de las comunas en el siglo XIX estuvieron creados por el miedo a un fantasma. Un fantasma es más que algo real. Es una construcción ficcional. Es, si se quiere, un relato. El fantasma del comunismo era la amenaza que la burguesía visualizaba por todas partes, con la ubicuidad, con la evanescencia de los fantasmas. Que están en todas partes y en ninguna. Porque el burgués asustado se hace fascista para ver enemigos en todas partes. Todos, menos él, son presencias fantasmáticas, construcciones de su terror, enemigos infinitos e inasibles. De aquí que la violencia no pueda ser selectiva. El miedo no es selectivo. El miedo tiene que eliminar todo lo que no sea él. Por eso los fascistas dicen siempre: “Ellos o nosotros”. En suma, vamos a eliminar todo aquello que sea diferente, toda diferencia es un fantasma, toda diferencia es un enemigo. (...) Una sociedad asustada cambia su libertad por su seguridad. Hay aquí una relación de hierro. Una sociedad aumenta sus parámetros de seguridad cuando un aparato represivo poderoso se adueña de ella. Esa seguridad tiene un costo: la restricción de las libertades individuales. Ese costo, al burgués asustado, no le importa. Es el costo del fascismo. No me importa tener menos libertades, quiero vivir más seguro. Tengo miedo y vivir seguro me lo quitará”.
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